María la Judía, la alquimista más celebre.

María la Hebrea, también conocida como María la Judía o Míriam la Profetisa es sin lugar a dudas la mujer alquimista más celebre.

Su nombre aparece siempre mencionado en el listado que los autores de todas las épocas que nos han legado desvelando los inicios del arte sagrado de la alquimia. Entre la bruma que a veces envuelve los difusos límites entre fantasía y realidad surgen nombres como Demócrito, Ostanes, Agatodamon, Petosiris, Isis o Cleopatra que evocan un origen con claras influencias griegas, egipcias, y en el caso de Ostanes, incluso persas.

De entre todos, la figura de María parece contener más visos de verosimilitud que los anteriores, aceptándose que pudo ser un personaje real.

Nada sabemos con certeza de esta madre de la alquimia, transmisora del Arte, maestra y adepta reconocida desde la antigüedad hasta nuestros días por todos los hijos de Hermes.

¿Quién fue María la Judía?

La primera referencia a sus obras la encontramos en el alquimista griego Zósimo de Panópolis que vivió entre los siglos III y IV. A partir de ahí, la información aportada por la tradición, las leyendas y los académicos nos proporcionan datos distintos.

Si seguimos las opiniones de los historiadores, María vivió entre los siglos I y III en el Egipto helenístico, probablemente en la ciudad de Alejandría, que con su biblioteca y su mueso se erigió en el mayor centro del saber de su época y en la cuna de las ciencias herméticas.

Si creemos a quienes la sitúan unos siglos antes, hallaremos a María enseñando alquimia a Demócrito el filósofo (siglos V-IV a. C.), considerado uno de los padres del Arte. Esto la convertiría en la mentora de uno de los grandes maestros de la alquimia.

Por último, hay quienes la imaginan en un tiempo intermedio, alrededor del siglo II a. C., haciéndola contemporánea de Bolo de Mendes, el posible autor de la primera obra alquímica conocida,  que responde al título de Física y mística.

En cualquier caso, la tradición más antigua y arraigada es la que identifica a María con la hermana de Moisés, haciéndola conocedora, partícipe y transmisora de todo un legado judaico relacionado con la cábala y la alquimia.

A María podemos encontrarla siendo citada bajo los apelativos de la judía, la hebrea, la copta o la profetisa, aparte de por los nombres de Marian o Miriam.

El reconocimiento que comienza en Zósimo de Panópolis será continuado en los siglos posteriores.

En Bizancio, lo hará el cronista Georges de Syncelles en el siglo VIII, procedencia también del monje cristiano Morienus que enseñará alquimia al príncipe omeya Jaid ibn Jazid a finales del siglo VII. Sus conversaciones relatadas por Galip, esclavo del rey, dieron lugar a la famosa obra Conversación del rey Calid y el filósofo Morien sobre el magisterio de Hermes, en la que se alude a María.

El erudito árabe Ibn al-Nadim redactó el Kitab al-Fihrist (siglos IX-X), una enciclopedia con los libros escritos en árabe, con independencia de su procedencia, dedicando un apartado a la alquimia en la que se mencionan varias obras de María la hebrea.

Siguiendo su estela, la figura de María será ampliamente reconocida entre los alquimistas europeos.

El médico y alquimista Michael Maier, miembro de la orden Rosa-Cruz, es el autor de la conocida obra alquímica La Fuga de Atalanta, y también de otra obra publicada en 1617 bajo el título de Symbola Aureae mensae…. En ella Maier representa a los doce alquimistas que según su criterio han conformado una ininterrumpida cadena de maestros que han transmitido los saberes alquímicos. Precedida por Hermes Trimegisto, María ocupa el segundo lugar, seguida de Demócrito y Morienus.

(Fuente: arsgravis.com)

Ya en el siglo XX, María es citada en la importante obra Las moradas filosofales de Fulcanelli, considerado el último gran adepto, es decir, el último alquimista que ha logrado alcanzar la piedra filosofal.

Diálogo de María y Aros sobre el magisterio de Hermes

De todos los libros que María escribió tan solo nos ha llegado un corto texto titulado Diálogo de María y Aros sobre el magisterio de Hermes. Lo más probable es que el resto de su extensa obra se perdiese en la segunda destrucción de la biblioteca de Alejandría.

Este precioso libelo dedicado a la alquimia práctica pone de manifiesto los amplios conocimientos sobre el tratamiento de las materias y las técnicas de laboratorio que emplea en su búsqueda de la piedra filosofal.

De forma concisa y enigmática nos habla de la de la composición por los cuatro elementos de los cuerpos de los metales y el cuerpo humano, del matrimonio entre el mercurio y el azufre, del Vaso de Filosofía, de los cambios de colores de la materia (negra, blanca y anaranjada), de la fijación del espíritu, del agua divina que purifica el cuerpo fijo, del cuidado del fuego, del cuerpo que se coge sobre las montañas, o del vaso de Hermes al que cita constantemente.

María la Judía, una de las primeres mujeras inventoras

La conocida técnica del baño María que lleva su nombre no parece haber sido descrita por ella, o por lo menos hasta la fecha no se ha corroborado su autoría. Su adjudicación fue posterior y parece que la realizó el alquimista, médico y astrólogo español Arnau de Vilanova (siglo XIII – XIV).

A María, sin embargo, sí se le atribuye la invención, o al menos la primera descripción de dos importantes aparatos de laboratorio: tribikos y kerotakis.

El TRIBIKOS es un alambique de tres brazos para realizar destilaciones.

(Fuente: F. Sherwood Taylor: Los alquimistas. Fondo de cultura económica, 1957)

El KEROTAKIS es un aparato diseñado para actuar sobre los metales por reflujo. Se cree que su funcionamiento era el siguiente: en el fondo estaría algún producto sulfuroso o el mercurio y sobre la rejilla central un metal o mineral. Al encender el fuego, los vapores del mercurio o de los sulfuros ascenderían y al condensarse se volverían líquidos y caerían atacando el metal. Este adquiriría un color negro signo de putrefacción (el negro de María).

(Fuente: F. Sherwood Taylor: Los alquimistas. Fondo de cultura económica, 1957)

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Texto: Alicia Carrasco

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